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domingo, 20 septiembre, 2020

El castigo a la inteligencia

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Chaves se aproximaba a la noticia como un cazador de lo fugaz, pero su obra transmite la visión panorámica de la historia, trazada por un narrador reflexivo que se permitió blindar un pensamiento autónomo. Por eso tuvo que salir de España en plena Guerra Civil tras haber defendido, desde el periódico que dirigía en Madrid, ‘Ahora’, a la República legítimamente instaurada. Su obra ‘A sangre y fuego’, un conjunto de nueve relatos sobre el enfrentamiento entre los españoles, corta el aliento. «En una época en que todos estaban cegados por las ideologías, aquí tienes a un ser humano independiente, recto, bondadoso, inteligente», lo define Antonio Muñoz Molina en el documental ‘El hombre que estaba allí’, de Daniel Subiola y Luis Felipe Torrente.

Cruzó la frontera hacia Francia cuando tuvo la íntima convicción de que «todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba». Desde un modesto hotelito de Montrouge (Seine), abatido tras dejar atrás a sus paisanos en armas, escribió los nueves relatos míticos que se publicaron por primera vez en Chile en 1937. Relatos «vividos o imaginados», difumina Chaves la frontera entre los casos que conoció en los pueblos españoles tras el golpe franquista, y lo que brotó de su frente extenuada de impotencia. «Mi única y humilde verdad era un odio insuperable a la estupidez y la crueldad; es decir, una aversión natural al único pecado que para mí existe, el pecado contra la inteligencia», escribe en el prólogo, que es el decálogo vital de un demócrata. «La estupidez y la crueldad se enseñorean de España. ¿Por dónde empezó el contagio?», se pregunta el periodista, que señala a «los laboratorios de Moscú, Roma y Berlín».

Apartado «con asco y miedo» de la guerra, a Chaves ya no le interesaba el resultado final de la lucha. «Es igual. El hombre fuerte, el caudillo, el triunfador que al final ha de asentar las posaderas en el charco de sangre de mi país y con el cuchillo entre los dientes, va a mantener en servidumbre a los celtíberos supervivientes», auguró. Nunca le perdonaron que se mojara hasta las cejas para advertir de que los sublevados soñaban con «un paraíso de desfiles marciales, jornales bajos, rentas altas, procesiones y fiestas de la raza».

«El exilio en Francia, antes que un fracaso, supuso la proyección europea de su quehacer informativo», explica la catedrática Maribel Cintas. Su firma dio un impulso a la agencia de noticias Havas e intensificó sus colaboraciones en periódicos como L’Europe Nouvelle, Candide o France Soir y en otros latinoamericanos. El mundo estaba interesado en lo que ocurría en el corazón de Europa y Chaves lo contó también para emisoras de radio. Cuando la Gestapo le estrechó el cerco, se marchó a Londres, alquiló un local en Fleet Street, histórica calle de la prensa británica, y abrió una agencia de noticias, que alternó con su colaboración con la BBC.

Murió demasiado pronto en un hospital de Londres, víctima de una peritonitis, a los 46 años. Solo los periódicos británicos y el diario argentino ‘La Razón’ informaron de su muerte. Ni una línea en un solo medio español. «Es horrible», le dijo a su amigo Antonio Soto, otro periodista exiliado en Londres, «llevo ocho años esperando ver cómo vencen al fascismo y me voy a morir precisamente en el momento en que los Aliados van a invadir Europa libertándola de sus opresores». En la parcela CR19 del cementerio de Fulham, en Kew, cerca de Londres, no hay lápida, ni cruces ni inscripciones. Solo ha recibido flores en las visitas que ha hecho la catedrática Maribel Cintas, cuya investigación sobre Chaves ha hecho algo mejor que poner mármoles a su tumba.

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