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lunes, 13 julio, 2020

La filosofía de King

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Leouise Creed no era un psiquiatra, pero sabía que en el humus de toda vida hay objetos semienterrados y oxidados y que los humanos sienten una y otra vez el impulso de tirar y tirar de ellos, aunque les corten las manos». Lo mismo podría decirse del autor de estas líneas, que se sitúan más o menos hacia la mitad de una de sus novelas más conocidas… cosa esta última que viene a ser como no decir nada porque, cualquiera que le siga la pista lo sabe, la lista de ‘novelas conocidas’ de Stephen King es enorme: ‘Carrie’, ‘El resplandor’, ‘It’, ‘La zona muerta’, ‘Los Tommyknockers’, ‘Cuenta conmigo’, ‘Dolores Claiborne’, ‘La milla verde’, ‘El cazador de sueños’, ‘Ojos de fuego’, ‘Misery’, ‘Cujo’, ‘La tienda’, ’22/11/63′, ‘La cúpula’, así sin orden ni concierto, por citar solo algunos nombres. El caso es que las líneas con las que se abre este texto corresponden a ‘Cementerio de animales’ -que a saber por qué no se ha traducido haciendo honor a la mala ortografía infantil del título original, o sea, ‘Pet Sematary’, lo que vendría a ser algo así como ‘Zemeterio de animales’ o, por qué no, ‘Cemeterio danimales’ o similar- y dan fe de que King, que no es psiquiatra sino un licenciado que trabajó en-casi-de-todo y hasta como profesor de Secundaria cuando era muy joven, algo sabe de los traumas, de las experiencias vitales dolorosas y de cómo se agarran en el subconsciente.

Puede que la obra del maestro de terror fuera considerada muy pobre (estilística y literariamente hablando) durante los primeros quince años de su carrera editorial, pero ya nadie duda de que tras los temores, los monstruos y esa América de casitas con jardín y niños corriendo aventuras en pandilla hay algo más. Una muestra reciente es la publicación del libro ‘The King. Bienvenidos al universo literario de Stephen King’, en la editorial Errata Naturae. En el volumen se recogen pequeños ensayos sobre el autor y sus novelas, y sobre los muchos temas humanos de los que hablan y sus conexiones con debates públicos que perduran en el tiempo, firmados por otros escritores y varios filósofos fascinados desde siempre por sus creaciones.

Más de lo que se cree

Rodrigo Fresán, Mariana Enríquez, Edmundo Paz Soldán y Laura Fernández son los contribuyentes en español, conocidos a su vez por sus ficciones de tono fantástico y de terror; cada cual escribe a su manera, y en el abanico caben desde los mieditos de toda la vida de la argentina Enríquez a las ‘sit-coms’ galácticas de Fernández, por hablar de los extremos. Entre los autores de habla inglesa, hay filósofas como Kelly Byal, especializada en la intersección entre filosofía y literatura, existencialismo y filosofía del horror, y Katherine Allen, de ideas transhumanistas y con ansias de ser ‘poshumana mejorada’ -lo que sirve para analizar, precisamente, el reflejo en la obra de King de ese debate entre dejar el cuerpo como está y que la vida continúe de forma natural hasta la muerte o servirse de la tecnología médica para hacer del cuerpo una máquina que no caduque o que lo haga más tarde y con menos dolor-; y expertos en Historia del Arte, Ciencias Políticas y Literatura como Elizabeth Hornbeck, Timothy M. Dale y Tony Magistrale (quien le hace la entrevista al protagonista del ensayo que abre el volumen). Todos ellos, eso sí, fans del universo del King y dispuestos a demostrar que hay mucho más de lo que se cree en cada una de sus novelas.

Porque ‘Cementerio de animales’ podría ser solo la historia de una familia normal y corriente que se ve azotada por la maldad que habita en algún lugar allá por detrás del jardín de su vieja nueva casa, una maldad que lleva cientos de años haciendo daño cuando los vivos víctimas del duelo -y con miedo a la muerte- le abren la puertita. O puede ser, según quién lo lea y cómo, una disquisición sobre el miedo a la muerte y el dolor, sobre la fe y la existencia o no de algo más allá (y del Bien y del Mal) y sobre la posibilidad de no morir jamás, haciendo para ello lo que sea necesario, incluso convertirse en otro diferente.

Espacio para la nostalgia

Y ‘Carrie’ puede ser simplemente la historia de una niña con poderes paranormales, una madre muy pero que muy loca y un instituto lleno de adolescentes perversos que se saben al dedillo la teoría del ‘bullying’ y la aplican como verdaderos doctorados. Y de su terrible venganza, la de la niña con poderes. O, si se hace otra lectura, la de la dolorosa transición de niña a mujer y lo mal que se les da a las madres dejar volar a sus hijas, y más en el entorno castrador del radicalismo religioso, e incluso sobre lo que la sociedad nos pide que hagamos (dejemos de hacer, abandonemos, cambiemos, camuflemos) para encajar en el mundo de los adultos, el de verdad. Lo de los compañeros de clase, se lea como se lea el libro, no tiene otra interpretación… excepto si se habla de feminismo y de sororidad: menuda porquería de mujercitas, esa es la conclusión. La perspectiva de género se puede aplicar también a novelas como ‘Dolores Claiborne’, ‘Misery’, ‘Cujo’. Modelos de mujer, mujeres-madres con muchos problemas, realidades que revientan por todos los costados.

En las ficciones de Stephen King hay espacio para la nostalgia por un mundo perdido -puede ser una época histórica, y a menudo lo es, pero sobre todo es la nostalgia por la infancia, por esa inocencia y ese poder de creer que se tiene entonces-, y al mismo tiempo la conciencia de que ese mundo perdido, adorado, era peligroso. Al propio King (nacido en 1947 en ese Maine que tanto ha utilizado en sus obras) su padre lo abandonó cuando era casi un bebé, a él y a su familia, y la infancia fue un momento de escasez y de carencias de todo tipo. Cuando él mismo se reprodujo, la familia vivió al límite mucho tiempo, hasta que llegó el éxito. Por si la dificultad económica fuera poca cosa, King se lo bebía todo; no son pocos los personajes con este tipo de problemas que escribe: el de ‘El resplandor’ puede que sea el mayor ejemplo.

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