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José María Álvarez tenía claro cuál sería el verso que daría comienzo al poemario: ‘Ibant obscuri sola sub nocte per umbram’. Lo toma del libro sexto de la ‘Eneida’, cuando Eneas baja a los infiernos con ayuda de la Sibila de Cumas y esa rama dorada que le abre las puertas al Inframundo. En ese primer verso -que bien hemos de reconocer no solo como un homenaje al poeta latino, sino como un signo épico que distingue esta obra de otras- comienza nuestro viaje por los recuerdos del poeta. Ahí toma su inicio esa bajada a los infiernos, donde Álvarez nos irá mostrando, con mano docta, aquellos retratos, aquellas pinceladas y aquellos sueños que han ahondado en lo que lo hace como es (y como escribe).

¿Sería él, el de ahora, sin esas imágenes del pasado que vienen a su estudio, a las altas horas de la noche que duerme como los gatos? ¿Contemplarían sus ojos del mismo modo el mundo sin esos paseos por Venecia con la serenidad de su Laguna, sin esos recuerdos de la infancia o sin la visión de aquellos cuadros que consideraba ya parte de su vida solo con contemplarlos? Está claro que no, y a través de ese paseo, adentrándonos en la memoria del poeta, vamos a ir viendo con pequeños brochazos lo que es José María Álvarez.

He oído ya varias veces decir al Maestro -lo siento por el término: de casta le viene al galgo- que éste, ‘Una desamparada hermosura’, es un poemario de ‘despedida’. No me pasa a menudo, pero aquí no estoy de acuerdo con la palabra escogida por José María Álvarez. Si tuviera que elegir un étimo con el que definir su último -hasta la fecha- poemario, elegiría ‘agradecimiento’. No hay más despedida que en anteriores libros (acaso podríamos decir que un rasgo de su obra es indiscutiblemente el tono elegíaco), pero sí hay aquí cierta reverencia que es quizá lo que lo acerca a esa ‘despedida’ que dice él.

Desde el primer poema (con ese sentencioso es mi adoración lo que os ofrezco), no vemos más que gestos de gratitud a todo aquello que le ha regalado la vida, desde una lectura (cuántos poetas amados, cuántos libros de aquellos muertos doran su recuerdo y lo reconcilian con el mundo, cuántas páginas sagradas que como cálices tiene puestas en el altar de su memoria…), pasando por las ciudades amadas que tantas dichas le ofrecen o incluso aquellas gestas vividas por otros y lejanas en el tiempo -y hoy desgraciadamente ignoradas por la gentuza- que arañan su memoria.

Los temas no dejan de ser los mismos que, como es lógico, uno reconoce en la obra de un autor ya consagrado y que ha dedicado su vida a la Literatura. Está la lectura, el alcohol, la Luna -no puede estar más presente-, los viajes, aquellas amadas. Está su madre y su abuela, está su estudio, el cielo y las tormentas, un cigarro y esos hoteles que tanto ama. Pero en ‘Una desamparada hermosura’, José María Álvarez se adentra en esas raíces suyas, esas imágenes tan propias ya, paseando por un camino de recuerdos que nos va relatando poco a poco. Como mojones de una vereda que recorremos con él, nos contará al milímetro esos recuerdos que le llegan ahora a la memoria y ante los que no puede más que sentirse agradecido a la vida, al mundo.

No decepcionará este libro a aquellos que miran con la misma dicha que el poeta, que tendrá siempre en mente aquellas viejas palabras de Bach: «Señor, haz que no me abandone la alegría». Celebremos juntos esas imágenes y sepamos que, como diría Kipling: «Yours is the Earth and everything that’s in it».

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