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martes, 2 junio, 2020

Ser niño o niña palestino en una prisión israelí en tiempos del coronavirus

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Escuché las cadenas antes de verles entrar. Cuatro adolescentes encadenados por las muñecas y los tobillos entraron ​​en la pequeña sala del tribunal y se situaron en la zona de los acusados. Uno de ellos, Ahmed, que parecía especialmente de corta edad, incluso tuvo que ponerse de puntillas para ver por encima del habitáculo. Estaba acusado de tirar una piedra y esperaba el veredicto del tribunal militar.

El juicio a cada menor duró menos de cinco minutos y se celebró integramente en hebreo. Solo en algún momento un soldado les tradujo alguna palabra suelta al árabe. Los muchachos, asustados y confundidos, intentaron hablar con sus abogados pero no se les permitió.

El pasado mes de febrero presencié varios juicios a civiles palestinos en el Tribunal Militar de Ofer, en Cisjordania. Este sistema no se aplica a la infancia israelí, que es enjuiciada por la ley civil, como la mayoría de los niños y niñas en todo el mundo.

Cuando llegó el momento de Ahmed, se decidió que había pruebas adicionales que aportar, por lo que necesitaría un nuevo juicio. El chico miró desesperadamente a su padre, Munther, que estaba sentado a mi lado, también encadenado. La única información que este hombre recibió durante el juicio estaba escrita en una hoja en hebreo. Antes de ser devuleto a prisión, Munther me dijo que sentía que estaba abandonando a su hijo: «No sé cómo ayudarlo».

Cada año, aproximadamente entre 500 y 700 niños y niñas palestinos son detenidos y procesados por la justicia militar israelí. El cargo más común es el lanzamiento de piedras, castigada con hasta 20 años de cárcel. Actualmente, más de 190 menores palestinos permanecen detenidos en las cárceles israelíes, la mayoría en prisión preventiva a falta de condena. Es el caso de Ahmed. Esto sucede a pesar de los llamamientos de la ONU para liberarlos antes de que se propague el coronavirus.

Niños que estuvieron detenidos nos cuentan que las condiciones en las cárceles israelíes son terribles, con celdas masificadas, pocos productos sanitarios disponibles y apenas acceso a asistencia médica.

Loai, de 18 años, fue liberado a finales de abril después de tres meses en la cárcel. Tenía 17 años cuando fue encarcelado y compartió su celda con otros cinco niños. Sostiene que cuando comenzó la pandemia, nadie les informó: «No nos explicaron nada sobre cómo mantenernos a salvo del coronavirus, como la importancia de lavarse las manos». Eso sí, cambiaron las normas: «Ahora los niños solo pueden salir una hora al día».

Relata cómo durante su detención, desinfectaron las instalaciones de la prisión solo en dos ocasiones y se limitaron a las duchas, las escaleras y el pasillo. “No desinfectaron nuestras celdas ni una sola vez. Nos dieron una botella de desinfectante que duró aproximadamente 15 días, y cuando se agotó no nos dieron más», dice.

Heba fue arrestada cuando tenía 14 años y estuvo detenida durante ocho meses. Tres años después, mientras prepara sus exámenes del instituto recuerda vívidamente su tiempo en prisión. “Éramos cinco chicas en una habitación, cuando apenas caben dos personas. La mayor tenía 17 años y yo era la más pequeña. Había un baño sin puerta. En verano, las cucarachas caminaban por todas partes. No teníamos ventana así que no entraba ni luz ni aire”. Heba y sus compañeras no recibieron ningún producto sanitario y tuvieron que comprarlos ellas mismas. “El agua era apenas potable. Era blanca y con un olor a cloro muy fuerte”.

“La comida no era para humanos. Por ejemplo, el pollo, que tocaba una vez a la semana, tenía restos de plumas y siempre sangraba”, narra y añade que la peor parte era la limitación para recibir visitas familiares. “A mis padres solo le dieron permiso para verme tres veces en ocho meses”.

Desde la pandemia de Covid-19, las autoridades israelíes han suspendido los derechos de visita para las familias de los 194 niños y niñas que permanecen detenidos. El reglamento actual les permite hacer una llamada telefónica de 10 minutos a su familia cada dos semanas, pero en la práctica la mayoría solo puede hacerlo una vez al mes. El coste que el aislamiento prolongado tiene sobre su bienestar es excesivo.

Alaa, de 17 años, se hace eco del relato de Loai y Heba al recordar sus seis meses en la cárcel: “Intentábamos limpiar y desinfectar nuestra habitación todos los días, pero luego los guardias entraban con sus botas y perros sucios unas cinco veces al día. No me permitían llamar a mis padres. Lo pasé muy mal, necesitaba desesperadamente hablar con ellos y con mis hermanos”.

Los niños y niñas palestinos detenidos en cárceles israelíes están soportando condiciones insuficientes frente al coronavirus. No puedo dejar de pensar en todos los chicos y chicas que conocí que están atrapados en el limbo, separados de sus familias, sin saber lo que les deparará el futuro, ni siquiera cuándo será juzgados y podrán ser escuchados.

No podemos permitir que se les abandone. Todavía es posible que estos adolescentes vuelvan a sus casas para proteger su salud, controlar la pandemia y evitarles más sufrimiento.

Desde Save the Children pedimos al que todos los niños y niñas palestinos puedan regresar a su hogar. Las autoridades palestinas deberían suspender las nuevas detenciones y proteger a los que ya están encarcelados de la enfermedad, la violencia, el abuso y la explotación.

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